Colombia aplica medidas unilaterales e impide el paso libre de venezolanos


Crónica: La Guadalupe (antes “La Invasión”) siete meses después del cierre.

San Antonio del Táchira luce tranquilo. Comercios solitarios, poco tráfico. Usted puede transitar por sus calles hasta altas horas de la noche y la sensación de seguridad es del 100 por ciento. Hay militares por todos lados.

A dos cuadras de la aduana principal, la que conduce al puente Simón Bolívar y de allí al departamento norte de Santander, es decir, Cúcuta, los colombianos que necesitan cruzar hacia su país se agrupan y esperan tranquilamente a que se abra el corredor humanitario cada media hora. Les chequean sus documentos y caminan, escoltados por la GNB, unos 600 metros hacia el otro lado donde les esperan taxis, mototaxis y transporte colectivo. Observamos que nadie les requisa sus pertenencias y el proceso se cumple con absoluta normalidad y paz.

De allá para acá igual. Pasan de a dos, de a tres. A pie. Con bolsos de mano. Luego regresan. Nadie los perturba.

Pero nosotros no pudimos ir a Cúcuta en esta oportunidad. En este cuarto viaje de campo con estudiantes de periodismo de Frontera de la Universidad Bolivariana de Venezuela, no nos permitieron la entrada a tierra colombiana y, en general, ningún venezolano puede hacerlo pues el gobierno que preside Juan Manuel Santos está aplicando medidas unilaterales como por ejemplo: no se puede pasar sino con visa o una carta de trabajo; además hay que demostrar que el o la aspirante tiene capacidad para sostenerse financieramente en aquel país, es decir, un estatuto de turismo internacional que no se le exige al colombiano para entrar a Venezuela, y hay que pagar 40 dólares al entrar. Cabe resaltar que esto nunca había ocurrido entre los dos países desde que se firmó el histórico acuerdo de Tonchalá en 1959, ni tampoco es requisito para transitar por países latinoamericanos.

Ya era una costumbre ver a venezolanos y colombianos confundirse en ese tránsito social y cultural que es la frontera al margen de la criminalización que de ella ha hecho la comunicación hegemónica de ambos paìses…¡Somos tan parecidos! Ahora es sólo privilegio de los de allá venir a este lado. Camila Pardo, por ejemplo, una estudiante de la Universidad de Pamplona, trae a su madre cada 15 días para un tratamiento médico gratuito que le hacen en el Centro Diagnóstico Integral de San Antonio. Hasta le regalan los remedios. “Le estoy agradecida a Venezuela y al presidente Chávez porque la atención médica en Colombia es muy cara”, dice.

En 2014 el presidente Maduro decidió cerrar parcialmente el paso fronterizo de 10 de la noche a 5 de la mañana; en 2015, por un ataque paramilitar a oficiales del Ejército venezolano radicalizó la acción y anunció el cierre total. Ya nada es como en 2014, cuando un censo realizado por la Guardia Nacional Bolivariana estableció que más de seis mil motorizados iban y venían diariamente bachaqueando gasolina y productos regulados. Se decretó un plan de pico y placa también para controlar el paso de taxis, pero nada de eso dio muchos resultados. Los decomisos de combustible y comida eran grandes pero el esfuerzo se perdía por la corrupción y entonces había que estar cambiando a los guardias a cada rato. Por aquellos días el pueblo pedía el cierre de esa frontera y Maduro lo escuchó. Después decretó el estado de excepción en más de 2 mil Km de frontera con Colombia en los estados Zulia, Apure, Amazonas y Mérida, porque el contrabando se iba mudando a medida que el cierre se extendía. A casi un año ha habido notables mejoras en algunos aspectos pero no en otros.

Voceros del gobierno regional del Táchira confirmaron que existen varias propuestas para una apertura de la zona fronteriza aunque la sola mención de ello levanta tanto airadas protestas como moderadas opiniones a favor. Sin duda es una decisión política muy difícil para el presidente Nicolás Maduro quien deberá evaluar las opciones. ¿Quizás de nuevo escuche al pueblo?.

Algunas de las medidas para “regularizar” la vida en la frontera colombo-venezolana pasan por la construcción de una ciudadanía fronteriza y un seguro internacional. No se plantea el paso de vehículos ni de mercancía por parte de particulares. Se aplicará el principio de reciprocidad. Nada volverá a ser como antes, aseguran desde la gobernación, y adelantan que no se trata de reeditar el Tratado de Tonchalá, suscrito en 1959 por ambas naciones y que “no sirvió para nada”. Preocupa, eso sí, que ya expiró el estado de excepción y hay quienes piensan que la situación “no se sostiene”. Los expertos e investigadores del tema cuidan las palabras. “Aquí no se ha cerrado la frontera” afirman, sino “el paso fronterizo” y comentan que ya hay un flujo ilegal de personas que cruzan hacia el lado colombiano pagando un “peaje” de hasta 12 mil bolívares aunque desde Colombia sus medios difundan una imagen de eficiencia fronteriza que no es tal. La trampa siempre sale.

Lo cierto es que en la región encontramos quejas de lado y lado. Los comerciantes, por ejemplo, extrañan la clientela, pero también hay posiciones muy radicales que rechazan la reapertura y vaticinan un “pandemónium”. “Si abren la frontera perderemos Venezuela. Colombia aún no deroga la resolución No. 8, no ha cumplido con nada y ahora metió a su ejército a custodiar las aduanas”, dicen y aseguran que aún las condiciones no están dadas pues persiste el ataque contra la moneda venezolana. Lo que sí pudimos constatar, es que continúa el tráfico de billetes venezolanos hacia Cúcuta. Casi todas las transacciones se siguen haciendo en efectivo y rara vez se consiguen puntos para pagar con plástico o débito. Además hay que aprovechar la luz pues los cortes de energía son de 8 de la mañana a 12 del mediodía. Las colas en los cajeros automáticos son interminables. Nuestros billetes siguen pasando a Colombia y con toda regresan para comprar los productos regulados.

La inflación atenta contra el bolsillo de cualquiera y hay que andar literalmente con un “saco de plata” para poder desenvolverse en San Antonio y en Ureña.

“La invasión” siete meses después

A unas cuantas calles de la aduana principal queda lo que se conoció como “la invasión”, cuyo nombre realmente es La Guadalupe, donde los medios opositores venezolanos y los colombianos montaron el tinglado mediático en agosto de 2015 afirmando que Venezuela violaba los derechos humanos.

Allí quedan en pie unas mil casas, ranchos, bienhechurías e igual número de familias. Hay una comuna constituida por siete consejos comunales. La mayoría de los habitantes son ciudadanos neogranadinos.

LA ENTRADA
La entada a La Guadalupe, así se ve desde San Antonio

El sitio ahora es custodiado permanentemente por el Ejército y además cuenta con una base de misiones que el gobierno bolivariano destacó allí para atenderles. Llegamos gracias al profesor Néstor Tolosa, de la UBV.

Aunque gozan de servicio de tuberías para aguas blancas y electricidad sigue siendo una zona deprimente, polvorienta y sin vialidad. Para adentrarse en ella hay que cruzar un rudimentario puente construido sobre aguas negras y putrefactas.

“No tomen fotos”, nos dicen, “no miren a los guardias”.Si toman fotos después le llegan al hotel los paramilitares.

EL PUENTE
El puente. Cruzan los estudiantes de la UBV que ayudan a un señor ciego

La cultura del miedo quiere ganar terreno. Igual tomo fotos y no pasa nada.
En la zona quedaron como mudos testigos muchos ranchos que exhiben en sus fachadas letras distintivas de aquel operativo: “D” de demoler o “R” de reubicado. Sus dueños siguieron viviendo en esas precarias viviendas a pesar de las advertencias. El vehículo por excelencia es la moto de alta cilindrada. Hay muchas y son conducidas especialmente por niños y muchachas.

Guillermo Castilla Ramírez es colombiano, vocero de economía comunal del Consejo Comunal de la Guadalupe. Acepta hablar con nosotros pero nos pide que circulemos. Mientras hablamos y caminamos por el lugar a cada rato nos pasan las motos cerquita, acelerando. Dice que los paramilitares continúan actuando en la zona y se confunden con los niños motorizados. “Aparecen y si no te apartas te llevan por delante y no hay reclamo”. Guillermo vive en una humilde casa decorada con su letra “D” en la fachada y un punto rojo. “Nunca me dijeron qué significaba eso”, dice y posa para la foto.

CASTILLA
Guillermo Castilla nos recibió en su casita

La casita es humilde, pero su carro es mejor y lo usa para hacer de taxi a los médicos cubanos Tiene una familia numerosa y para seguir yendo a Colombia sin problemas inscribió a dos de sus hijos en una escuela de Cúcuta. Entonces va y viene en completa libertad, lleva dinero y productos regulados de Venezuela a su familia. Su esposa administra una bodeguita allí mismo en La Guadalupe.

LAS CALLES
Una calle de La Guadalupe

“No me gusta que lo llamen invasión porque esto no es una invasión aquí el problema es la titularidad de las tierras y hay fuerzas y poderes que las quieren”. En su opinión, hay gente interesada en esas tierras para urbanizar o montar allí almacenadoras. “Quieren que estas tierras sean de las élites”.

Epílogo

Ya hemos caminado casi todo el sector. Castilla nos muestra una iglesia en construcción. Hace un alto en su relato para decir que por allí han proliferado distintas religiones y es verdad. El reggaetón y el ballenato rompen el aire y se confunden con himnos evangélicos.
Salimos de la Guadalupe bien entrada la noche. Lo dejamos allí y desandamos el camino hacia la ciudad.

No se ve nada y a tientas cruzamos el puente. Me agarro del compañero que va adelante y rezo para no caer…

LA IGLESIA.jpg
Están construyendo una iglesia católica porque han proliferado muchas otras religiones
LA GUADALUPE AHORA
Esta es La Guadalupe casi ya al anochecer
RANCHO.jpg
Un ranchito que no fue demolido. Quedó la “D” de…¿Durable?
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