Y llegó la Navidad…


La mañana nos saludó con un brillo especial en nuestro acostumbrado trote. Y es que…¡Estamos en Navidad! y pese a todo, hoy la alegría se desbordó en algunos centros comerciales. Ya se ven pinitos canadienses atados al techo de los autos, seguramente a esta hora ya estarán decorados y alegrando algún hogar venezolano ¿qué importa lo que cuesten?. Los ventorrillos de cositas navideñas estaban repletos de gente comprando guilindajos y luces para adornar las casas.

Que el amor lo inunde todo, camaradas, que hay mucho por qué vivir y luchar. Allí les dejo esta gaita que nos hizo bailar esta tarde en una casa amiga y levantar la copa con alegría, por los que están, por los que se fueron, por la vida. ¡Bienvenida, Navidad…! Con mucho cariño para todos y todas…Sin Rencor    

Nochebuena

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¿Por qué tiembla en Mérida? Sólo por un beso…

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Con esto de los temblores que de manera preocupante sacuden Mérida, recordé una leyenda: la de Chía y Zuhé, los “Encantos Padres”: dos indígenas, también llamados “Luna” y “Sol”, que crearon a su imagen y semejanza a los “Encantos Hijos”, una India y un indio, padres de los primeros pobladores andinos, que debían vivir en armonía con la naturaleza y el maravilloso paisaje andino. Pero todo devino en la imperfección cuando los “Hermanos Pàlidos” comenzaron a usar la sal. Eso rompió la comunicación y entonces el Indio y la India, hijos de Chía y Zuhé,  se durmieron a lado y lado del valle de Mérida. Se distinguen claramente los perfiles de los dos amantes: la Cara del Indio en la Sierra de La Culata y justo enfrente la Cara de la India, en la Sierra Nevada. Dicen que cuando ellos se vuelvan a encontrar y él la bese, el Valle de Mérida sucumbirá. Con tantos temblores ¿será que están despertando? ¿Será que van a unirse para siempre en el más dulce de los besos y eso hace que las entrañas de la tierra se remuevan? ¡Quién sabe!

Indigenas

A la izquierda, la Cara de la India, dormida en la Sierra Nevada. A la derecha, la Cara del Indio, dormido en la Sierra de La Culata. ¿Se besarán al fin?

Un recuerdo triste:

El 21 de febrero de 2008, un avión que salía de Mérida para Maiquetía, de la línea Santa Bárbara se estrelló precisamente contra la Cara del Indio. Yo había llegado a Mérida en ese mismo vuelo pero en la mañana, en el llamado “madrugador”, número 518 (nunca se me olvidará). Iba en viaje de trabajo a reunirme con los campesinos de Canaguá, pueblito del sur de Mérida, para donarles una computadora pues ellos estudiaban comunicación social en la UBV y la necesitaban para continuar haciendo su periódico llamado “Correo de Canaguá”. No me dio tiempo de agotar la agenda de trabajo y por eso tuve que cambiar aquel vuelo para el día siguiente. Mis compañeros me llevaron al aeropuerto Alberto Carnevalli para hacer el cambio, casi sobre la hora en que debía embarcar, las 4 y 30 pm. Nadie nos atendía y de pronto nos enteramos. “Ese vuelo entró en emergencia” nos dijo alguien. Después de las 5 pm el techo de nubes se pone bajito y cubre todos los picos que rodean la ciudad. Nos quedamos allí un rato hasta que se confirmó la triste noticia. ¡No lo podía creer!

Esa noche, como a las 2 am, tembló fuerte en Mérida. Tan fuerte que nos despertó…

Nota: en el título de este post acentúo la palabra “sólo” (que en este caso puede sustituir al vocablo “solamente”) porque sin el acento, se me antoja desnuda la palabra. No siempre la RAE tiene razón, eh?

Micropoderes de la guerra económica: cajera por un día

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“Cada uno es en el fondo titular de un cierto poder”, decía Michel Foucault (1926-1984), filósofo francés que desarrolló el concepto de los “micropoderes”, sin desconocer la teoría de Marx y Engels sobre el poder concentrado en el Estado.

Foucault hablaba de un ejercicio del poder “que no de miedo”, popular, democrático y colectivo y aunque varias de sus obras versaron en torno a las prácticas de ciertos funcionarios en hospitales, escuelas, manicomios y cárceles (seguramente no conoció el “bachaqueo”), esa tendencia puede proliferar en cualquier nivel o ámbito de la sociedad.

La guerra económica que vivimos en Venezuela ha propiciado tales distorsiones, lo palpamos día a día en el mercado, en la universidad, en la buseta, en el metro, en cualquier parte donde se le asigne a alguien un micropoder, éste será ejercido de manera implacable porque, además, nace cual engendro indómito, sin identidad ni moral,  justamente en las entrañas del macro poder que se asienta en el Estado..

Por ejemplo en los supermercados, esos a los que tenemos que acudir quienes no contamos con un Pdval o Mercal cerca, se imponen los micropoderes de los cuales habla Foucault, asociados al saber, al conocimiento, a la información.

Sin menospreciar ningún oficio (“El trabajo dignifica”, nos decían en casa) ser cajero o cajera en un supermercado es en este momento un verdadero privilegio. Desde esos espacios se adquieren, sin hacer cola, los productos regulados; se teje y alimenta la red del bachaqueo con un simple mensaje de texto: “llegó leche, pañales y papel tualé, apúrate que ya los van sacar”. De pronto decenas de motorizados irrumpen y el “super” se llena de gente que ni siquiera vive por el sector. Todos ganan menos el que acude allí por mera necesidad.

Después están los que “organizan” la cola, los que deciden qué y cuánto se va a vender. Los que han reemplazado a los anaqueles. Es el más perverso de los micropoderes porque nadie lo supervisa y es discrecional. Aquel día hicimos dos horas de cola en el Gamma Express de Santa Mónica. De pronto salió uno de esos que ejercen muy bien su micropoder y, descaradamente, llamó a alguien que estaba en la fila: “¡Vente, tía!” y la “tía” pasó de primera, provocando la ira de los otros cuya única influencia era el dinero para comprar.

Cuando por fin nos pasaron había una montaña de papel tualé marca Rosal de dos tipos: el de empaque anaranjado, a Bs.53 y el de empaque rojo, a Bs.23. Teníamos derecho a tres paquetes de cuatro rollos cada uno pero los encargados daban un paquete del anaranjado y dos del rojo. Alguien reclamó: “yo quiero comprar mis tres paquetes anaranjados porque el otro no dura nada y además tengo la plata”. Y le respondieron: “no se puede, eso es lo que hay”. Se armó la trifulca (por cierto la protesta no era contra el gobierno, sino contra el supermercado) pero se impuso el micropoder. Después vimos a los motorizados llevar sus tres paquetes anaranjados…

Los productos regulados deberían volver a los anaqueles para que la gente los lleve libremente. ¿De dónde viene eso de entregar las cosas si igual la máquina captahuella impide pasar más de lo permitido?. Cualquier excedente queda debajo de la caja registradora, a los pies del cajero-a, que reinicia el ciclo. En cambio los estantes están repletos de chucherías, (Doritos, Cheese Tris, etc), de pasta dental y de cosas con poca demanda. Porque ese es el otro micropoder, el de los dueños del supermercado, los que almacenan todo en sus depósitos y lo van soltando así, de a poquito cada día, para alimentar el ambiente de zozobra, de rabia.

Concluyamos con esta cita de Foucault tomada de su Microfísica del Poder (1979): “El poder tiene que ser analizado como algo que no funciona sino en cadena. No está nunca localizado aquí o allá, no está nunca en manos de algunos. El poder funciona, se ejercita a través de una organización reticular. Y en sus redes circulan los individuos quienes están siempre en situaciones de sufrir o ejercitar ese poder (…)”

Y usted ¿ejerce algún micropoder o lo sufre? Yo quiero ser cajera por un día.