¿Hay “hambre” en Venezuela?


Les traigo hoy los “Doce Mitos Sobre el Hambre” (Un enfoque esperanzado para la agricultura y la alimentación del siglo XXI, 2005), del libro escrito por Peter Rosset, Frances Moore Lappé, Joseph Collins y Luis Esparza

El hambre no es un mito, son los mitos quienes nos impiden acabar con el hambre.

La causa fundamental del hambre no es la escasez de alimentos o de tierra, es la escasez de democracia

La “crisis” en Venezuela nos ha servido para descubrir algunos de estos mitos que reseñan los autores. Lo primero que yo debo señalar es que ahora sé que me gustaban muchas cosas pero que luego de meses sin consumirlas porque no se consiguen, porque las acaparan, las esconden o, simplemente, porque no las producimos aquí, la conclusión es que no me hacen falta para vivir. Es más, vivo mejor…

Y me dirás que aquello era “calidad de vida”, es decir, esos gustos que te das cuando al final de la quincena te sobran unos reales y te los gastas en las cosas que siempre deseaste tener: un lindo vestido, un cuadro, un libro, esos zapatos de marca…Una caja de corn flakes, un buen vaso de leche, unas galleticas “Oreo”; una latica de diablitos “Underwood”; un gran pote de mayonesa “Kraft” aunque taponee nuestras arterias  o un paquete de Harina Pan…

¿Es eso pasar “hambre”? o simplemente es que ya no están las cosas que te gustaba comer?. ¿Y qué cosa es el hambre? Usamos las palabras pero a veces no sabemos exactamente qué significan…

Según el Diccionario de la RAE:

hambre

Del lat. vulg. *famen, -ĭnis, y este del lat. fames.

1. f. Gana y necesidad de comer.

2. f. Escasez de alimentos básicos, que causa carestía y miseria generalizada.

3. f. Apetito o deseo ardiente de algo.

Al compartir estas ideas no pretendo exonerar al gobierno de culpas. No. El gobierno tiene responsabilidad pero también es la forma como nos han educado o como hemos aprendido y por eso el libro que les refiero nos invita a “desaprender”.

En otro texto que les recomiendo, “La Sociedad de Riesgo Global”, Ulrich Beck expone que para enfrentar la necesidad de comer en el mundo surgió un problema peor: la obesidad seguida de la diabetes y otros males…”Se puede calmar el hambre y satisfacer las necesidades pero los riesgos de la civilización son un barril de necesidades sin fondo, inacabable, infinito”, escribe Beck. “El demonio del hambre es combatido por el belcebú de la potenciación de los riesgos (…) La fuerza impulsora de la sociedad de clases se puede resumir en la frase ¡Tengo hambre!”

La excesiva dependencia de las importaciones; la industria del entretenimiento y toda su secuela de modelos foráneos impuestos a nuestra sociedad a través de los medios de comunicación; la publicidad; las necesidades creadas; la cosificación de la vida, en fin.

Leamos estos mitos y luego me dirán si no se parece a lo que estamos viviendo en Venezuela..Y en el mundo.

PRIMER MITO: Sencillamente no hay suficiente cantidad de comida

En la actualidad, el mundo produce cereales suficientes para proveer 3.500 calorías
diarias a cada ser humano en el planeta. ¡Alcanza para engordar a la mayoría de la
gente! Y esta estimación no tiene en cuenta otros alimentos corrientes, como verduras,
legumbres, frutos secos, tubérculos, frutas, carnes provenientes de animales que
pastorean y pescados. En realidad, si se considera toda la producción de alimentos,
ésta es suficiente para garantizar a cada habitante de este planeta al menos 1.950
kilos de cereales, legumbres y frutos secos; cerca de medio kilo de frutas y verduras, y
también cerca de medio kilo de carne, leche y huevos. La abundancia y no la escasez, es lo que mejor describe el abastecimiento mundial de alimentos en nuestros días. Sólo cuando nos liberemos del mito de la escasez podremos comenzar a pensar sobre las causas reales del hambre.

SEGUNDO MITO: Acusemos a la naturaleza

El 22 de enero de 1994 el Chicago Tribune relató la siguiente historia: “Fue encontrado
un hombre muerto en una casa sin calefacción”. El artículo lo llamaba “la cuarta
fatalidad de la ola de frío de esta semana”. Seguramente el periodista, que escribió la
historia en realidad no creía que el clima hubiera causado las cuatro muertes. El
hombre, con toda probabilidad, era pobre y no podía pagar los gastos de calefacción.
Podría ser que los otros ni siquiera pudieran pagarse un techo. En 1985, cuatrocientas
personas sin techo murieron en las calles de Chicago. ¿Quién, con sinceridad, podría
acusar al clima? En Estados Unidos, la gente es vulnerable al mal tiempo solamente si
es demasiado pobre para pagarse una vivienda con calefacción.
Las hambrunas no son desastres naturales sino desastres sociales, resultado de
acciones humanas, y no de actos de Dios. Si creemos que las hambrunas son
provocadas por los caprichos de la naturaleza nos sentiremos impotentes, y por tanto
con excusas para no actuar. Sabiendo que el hambre es el resultado de efectos
humanos, descubrimos la esperanza. Nadie puede cambiar el clima, pero podemos
responsabilizarnos del establecimiento de sistemas agrícolas más estables y de la
modificación de las normas económicas de manera que las reclamaciones del pueblo
nunca sean negadas.

TERCER MITO: Demasiadas bocas para alimentar

Para responder a este mito es necesario tener claras las siguientes cuestiones:
– La fertilidad y el índice de crecimiento poblacional están disminuyendo en todo el
mundo.
– La densidad de población no explica en ningún lugar la extensión actual del
hambre.
– El rápido crecimiento demográfico no es la causa fundamental del hambre pero,
como éste, es una consecuencia de la desigualdad social que despoja a la
mayoría pobre, especialmente a las mujeres, de la seguridad y las oportunidades
económicas necesarias para poder optar por tener menos niños.
– Para lograr un equilibrio entre la población humana y los recursos económicos y
ambientales, las sociedades deben centrarse en la extremadamente mala
distribución del acceso a los recursos (tierra, trabajo, alimentos, educación y
salud pública). Éste es nuestro desafío real.
– La planificación familiar no puede por sí sola reducir el crecimiento demográfico,
aunque puede acelerar la disminución. La mejor contribución de la planificación
familiar a la transición demográfica se produce cuando forma parte de cambios
sustanciales en el mantenimiento de la salud, que aumentan la libertad y las
oportunidades de las personas, y no cuando solamente es un método de control.
Precisamente porque el crecimiento demográfico es un problema tan crítico, no se
pude perder el tiempo con estrategias que no dan resultado. Con resolución, nos
debemos enfrentar a la evidencia de que el destino del mundo depende de la actual
mayoría pobre. Solamente si su bienestar mejora podremos atacar el hambre y
garantizar que la disminución de la fertilidad sea sostenible. Luchar contra las altas
tasas de natalidad sin hacerlo contra las causas de la pobreza y la desmesurada
impotencia de la gente es inútil. Es una trágica distracción que nuestro pequeño
planeta soporta mal.

CUARTO MITO: Alimentos contra el medio ambiente

Que la crisis ambiental esté liquidando nuestros recursos alimentarios y amenazando
nuestra salud no es un mito; pero mitos y medias verdades confunden nuestra
percepción de las causas fundamentales reales de la crisis y, por lo tanto, nuestra
capacidad para abordar soluciones. Sin duda, hay regiones donde la densidad de población agudiza la destrucción ambiental, sin embargo la mayor parte del daño no es originada por la producción de alimentos. Un diagnóstico superficial, que acusa al volumen creciente de la población (que a menudo son las víctimas), no lleva a ninguna parte. Aunque la destrucción ambiental sea grave, ¿resolvería el problema eliminar a la mitad de la población? Debemos profundizar en la búsqueda de las causas fundamentales, preguntando: ¿Por qué se le niega a los campesinos el acceso a tierras agrícolas productivas y se los obliga a instalarse en terrenos que no deberían utilizarse para granjas, o incluso en
las selvas? ¿Por qué la mayoría de los agricultores que utilizan fertilizantes químicos y
plaguicidas piensan que no pueden afrontar el riesgo de cambiar, aplicando métodos
con menos recurso a la química? ¿Por qué las alternativas más sanas desde el punto
de vista ambiental para la producción de alimentos son poco conocidas, incluso
silenciadas, en lugar de ser fomentadas? Y, finalmente, ¿puede la humanidad afrontar
el tratamiento de los alimentos y los recursos para su producción como cualquier otra
mercancía?

QUINTO MITO: La respuesta es la Revolución Verde

La gente ha ido mejorando sus semillas por medio de la experimentación desde el
comienzo de la agricultura, pero el término Revolución Verde fue acuñado en los años
sesenta para destacar un avance particularmente sorprendente. En las parcelas de
pruebas del noroeste de mexicano se obtuvieron, con unas variedades mejoradas de
trigo, unos aumentos extraordinarios en los rendimientos. Principalmente, la razón de
que estas variedades “modernas” produjeran más que las tradicionales fue su mayor
sensibilidad al riego controlado y a los fertilizantes petroquímicos, lo que permitía una
conversión más eficiente de los insumos químicos en alimentos. Con el fuerte impulso
de los centros internacionales de investigación agrícola creados por las Fundaciones
Rockefeller y Ford, las “milagrosas” semillas se expandieron rápidamente por Asia, y
en poco tiempo fueron también desarrolladas nuevas variedades de arroz y maíz.
Alrededor de los años setenta las nuevas semillas (acompañadas por los fertilizantes
químicos, plaguicidas y, en parte, por el riego) habían reemplazado a las prácticas
agrícolas tradicionales de millones de campesinos del Tercer Mundo. Gracias a estas
nuevas semillas aumentó en mucho la producción de cereales. Pero ¿quedó
realmente demostrado que es una estrategia eficaz contra el hambre?
Los que criticamos la Revolución Verde sabemos que la producción debe aumentar si
la población continúan creciendo. Pero también hemos visto que enfocando el
problema solamente en el incremento de la producción (como hace la Revolución
Verde) no es posible aliviar el hambre, ya que no ataca la distribución altamente
concentrada del poder económico, especialmente en lo relativo al acceso a la tierra y
al poder adquisitivo. Si no se tiene tierra donde cultivar los alimentos ni dinero para
comprarlos, subsistirá el hambre, a pesar del espectacular aumento que la tecnología
ha originado en la producción de alimentos. Cuando se introduce una nueva
tecnología agrícola cualquiera en un sistema social, se beneficia a los ricos y no a los
pobres y esto llevará, con el tiempo, a una concentración aun mayor de las rentas
agrícolas, como está pasando en Estados Unidos.
Sin una estrategia para el cambio, centrada en la falta de poder de los pobres, el
resultado trágico será más alimentos y también más hambre.

SEXTO MITO: Justicia contra producción

Afortunadamente, la justicia y la producción no son objetivos que compiten entre sí,
sino complementarios. La desalentadora idea de un inevitable conflicto entre justicia y
producción está aún vigente, en parte porque mucha gente no percibe en qué forma
lso injustos sistemas de producción de alimentos (aquellos dominados por unos pocos)
son ineficientes. Los recursos alimentarios están tanto subempleados como utilizados.
La gente, es comprensible, teme un cambio hacia una mayor justicia antes de que se
aclare precisamente cómo la injusticia bloquea el desarrollo.
El problema de la producción no debe presentarse aislado. La pregunta no debe ser
qué sistema puede producir el máximo de alimentos sino bajo qué sistema (con control
democrático o por una élite) se reducirá mejor el hambre.
A mucha gente se le hizo creer que hay que optar entre un sistema económicamente
justo y otro sistema con una producción eficiente. Esta disyuntiva es un engaño. En
realidad, los sistemas más ineficientes destructivos de producción de alimentos son
aquellos controlados por unos pocos en interés de una minoría. Una mayor justicia no
solamente puede liberar el potencial productivo sin explotar y conseguir que sea
posible una sostenibilidad de larga duración, sino que es el único camino posible para
que la producción contribuya a acabar con el hambre.

SÉPTIMO MITO: El libre mercado puede erradicar el hambre

Desgraciadamente, la fórmula “el marcado es bueno / el Estado es malo” nunca puede
ayudar a atacar las causas del hambre. Estos pensamientos engañosos nos hacen
creer que una sociedad puede optar por uno u otro sistema, cuando en realidad todas
las economías combinan mercado y Estado en la asignación de recursos y en la
distribución de riqueza.
La disyuntiva gobierno o mercado no nos ayudará a entender las verdaderas
cuestiones urgentes en las cuales debemos concentrarnos para acabar con el hambre.
¿Bajo qué condiciones el mercado o el Estado pueden ser útiles en la lucha contra el
hambre? Está claro que la respuesta a esta pregunta no puede estar fundamentada
solamente en la teoría económica, sino en la relación que existe entre los ciudadanos
y los órganos de poder. Ya que ni el mercado ni el gobierno pueden terminar con el
hambre si el control de los recursos económicos está en manos de unos pocos, y si las
autoridades políticas responden principalmente a la voz estentórea de la riqueza.

OCTAVO MITO: La respuesta está en el libre comercio

La teoría de las ventajas comparativas parece perfectamente sensata. El crecimiento
de las exportaciones aumenta la reserva de divisas para dar combustible al desarrollo
del país. ¿Acaso no habíamos aprendido todos en nuestra adolescencia lo “natural”
que era que Juan Valdez cultivara café para nosotros en Sudamérica, y que a la vez le
exportásemos artículos industriales que su país necesita, y que en un mundo de
comercio libre, sin trabas, todos ganaríamos?
¡Qué teoría tan atrayente! Lástima que se desmorona cuando se aplica al mundo real.
Si el aumento de las exportaciones contribuye al alivio de la pobreza y el hambre,
¿cómo se explica que en tantos países del Tercer Mundo, mientras las exportaciones
fueron un éxito, el hambre continuó sin cambios e incluso empeoró? Esencialmente,
debido a que los que se benefician con las exportaciones (los grandes productores,
procesadores, exportadores, y otros) no son los pobres y, además, no utilizan sus
ganancias en beneficio de éstos. También porque con demasiada frecuencia, la
agricultura de exportación desplaza los cultivos alimentarios y a los campesinos que
las producen.
Actualmente, en muchas sociedades del Tercer Mundo, el libre comercio y la
agricultura de exportación perjudica a los pobres porque:
– Permite a las élites económicas locales impertérritas ante la pobreza que les
rodea y que limita el poder de compra de la población local. Al exportar para
consumidores de más alto poder adquisitivo, de todas formas obtienen
beneficios.
– Incentivan tanto a las élites locales como extranjeras a incrementar su dominio
sobre las economías del Tercer Mundo y alentar su determinación a resistir las
reformas económicas y sociales que podrían desplazar la producción fuera de la
exportación.
– Necesitan de sueldos de subsistencia y condiciones de trabajo miserables. Los
países del Tercer Mundo sólo pueden “competir” eficazmente en el libre mercado
mundial aplastando al movimiento sindical y explotando a los trabajadores,
especialmente a mujeres y niños.
– Obligan a los pobres campesinos de los países del Tercer Mundo a competir con
los productores extranjeros que hacen dumping en la economía local con
alimentos baratos, eliminando del mercado a los productores locales y
aumentando la vulnerabilidad de los países, que ahora son dependientes de la
importación de alimentos, respecto a los vaivenes caprichosos del mercado
mundial.
Si reconocemos el potencial positivo del comercio, tenemos, por lo tanto, que formular
la siguiente pregunta: ¿Bajo qué condiciones el comercio puede contribuir al
desarrollo? Siempre que los ciudadanos del Tercer Mundo logren satisfacer de forma
más equitativa sus reclamaciones sobre el uso de los recursos, incluido el acceso a las
divisas; donde los trabajadores agrícolas sean libres para organizarse y negociar
colectivamente, y puedan construir un movimiento de solidaridad con sus colegas del
otro lado de las fronteras; donde los gobiernos del Tercer Mundo cooperen para limitar
la competitividad autodestructiva y desafíen el poder de control de las corporaciones
comerciales transnacionales sobre los mercados. Bajo estas condiciones las divisas
generadas por las exportaciones agrícolas puede contribuir a un verdadero desarrollo
de amplias bases.
Finalmente, un comercio que realmente recompense requiere ser independiente en, al
menos, los productos básicos para la supervivencia. ¿De qué otro modo un país
puede evitar la venta de sus productos a precios irrisorios, cuando se busca
desesperadamente divisas para librarse del hambre?

NOVENO MITO: Demasiado pobres para rebelarse

Bombardeados por las imágenes de los pobres débiles, hambrientos y sin ayuda,
perdemos de vista lo que es obvio: para aquellos con pocos recursos, la mera
supervivencia requiere un tremendo esfuerzo. Los pobres a menudo viajan grandes
distancias sólo para conseguir empleo, trabajan largas horas y ven posibilidades
donde muchos otros no las vemos. La supervivencia demanda inventiva y aprender el
valor del esfuerzo conjunto. Si los pobres fueran realmente pasivos, ¡pocos de ellos
podrían incluso sobrevivir!
Pero este mito se centra en la cuestión de la iniciativa. ¿Pueden los que están en el
fondo de la jerarquía social, con frecuencia tratados peor que animales, llegar a darse
cuenta de su innata dignidad, comprender su potencial para la acción colectiva y luego
trabajar eficazmente por el cambio? Nosotros sabemos que la respuesta es sí.
Muchos de nosotros vemos a los pobres como víctimas pasivas a causa de la manera
selectiva como nos llegan las noticias del mundo. ¿Cuántas personas pobres habéis
visto entrevistadas por televisión o en los diarios? Los que son noticia parece que son
solamente los funcionarios del gobierno o los líderes del mundo de los negocios,
nunca la gente pobre.
Pensar que los sectores pobres del Tercer Mundo son una población pasiva nos
confunde en cuanto a la naturaleza de nuestra responsabilidad. La visión de los
hambrientos, que de tan oprimidos son ignorantes y no actúan, nos hace pensar que
nuestra responsabilidad es ir al lugar y poner las cosas en su sitio.

DÉCIMO MITO: Una mayor contribución de los países ricos ayudará a combatir
el hambre

Ahora que sabemos que el hambre es el resultado de las estructuras políticas y
económicas antidemocráticas que aprisionan a los pueblos en la pobreza, entendemos
por qué nosotros no podemos terminar con el hambre de otros pueblos. La verdadera
libertad solamente la pueden obtener las personas por sí mismas.
Comprender esto no hace disminuir nuestra responsabilidad, pero redefine a fondo su
naturaleza. Nuestro trabajo no es intervenir en otros países y poner las cosas en
orden. Nuestra responsabilidad como ciudadanos de países ricos es asegurarnos que
las políticas de nuestro gobierno no pongan dificultades a la gente para terminar con el
hambre.

UNDÉCIMO MITO: Nos beneficiamos de su hambre

Este mito presume que nuestros intereses son opuestos al de los que tienen hambre,
que actuar para aliviar el hambre significará sacrificar nuestro propio bienestar. De
hecho, hemos visto que lo opuesto a esta premisa puede ser cierto: que la mayor
amenaza a nuestro propio bienestar no es el desarrollo sino el estado de privación
continúa de los hambrientos. Ejemplos al respecto: situaciones de violencia; seguridad
laboral en los países ricos; crisis de la deuda; nuestra seguridad alimentaria;
inmigración, etc.

DUODÉCIMO MITO: Alimentos contra libertad
Si consideramos que la libertad significa también los derechos del ciudadano, no
podemos pensar en ninguna razón teórica o práctica que sea incompatible con la
eliminación del hambre. De hecho, hay buenas razones para esperar grandes
progresos en la lucha contra el hambre en aquellos países donde los derechos del
ciudadano están protegidos. La libertad de prensa y la libertad para organizarse, por
ejemplo, son medios cruciales con los cuales los ciudadanos pueden hacer que un
gobierno sea responsable ante las necesidades del pueblo, o lo puedan cambiar por otro que sí lo sea

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