Y usted…¿qué enseña?


Ya casi culmina este año y con él un nuevo semestre llega a su fin. Estos días son de locura, de evaluaciones, de estudiantes preocupados por sus notas, y además con una de mis secciones estamos preparando un nuevo viaje para la frontera con Colombia. Meditaba sobre todas esas cosas la última vez que fuí a Ocumare del Tuy en el tren, o sea, el martes pasado.

En el tren hay tiempo para pensar pues el trayecto es largo y, a veces, tranquilo. He podido hacer amistades en ese tren. Imposible no hacerlo pues debes compartir al menos 20 minutos de tu vida con compañeros de viaje. Algunos no trascienden, otros sí. Son 20 minutos de miradas, de silencios, de risitas apagadas y complicidades ante situaciones jocosas o absurdas.

Esa mañana arrancó el tren y una mujer sentada frente a mi, comenzó a maquillarse. Se veía pàlida, recién levantada y un poco ojerosa. Con maestría inusitada comenzó a sacar de una gastada mochilita toda clase de pinceles, làpices y hasta cremas; esponjillas y motas (el galón de pintura, pues); Las otras tres personas que veníamos cerca de ella (los asientos están enfrentados y hay puesto para cuatro pasajeros) teníamos que mirar aún sin querer y ella ni se inmutaba. Comenzó por cepillar las cejas con un cepillito mínimo (yo nunca me cepillo las cejas, pensé). Luego siguió con una pasta blanquecina, más bien beige (y milagrosa), que se echó por todo el rostro. Siguió con una brocha y creí que se dibujaba un gran número 3 al revés a lado y lado del rostro, desde la frente, las mejillas y la mandíbula, en un tono rosado. El pincel para labios; el  rimmel para pestañas. El lapicito para la rayita negra debajo de los ojos (recordé que debo comprar uno y también que están carísimos). Ya habían pasado como 10 minutos y el tren seguía su silenciosa y tranquila marcha. Tan tranquila que aquella mujer no se equivocó ni una sola vez mientras con una mano se delineaba ojos y labios y con la otra sostenía un diminuto espejo redondo…Terminó justo cuando el tren llegó a la primera estación pero antes se soltó el turbante y dejó caer una cascada negra y encrespada que le enmarcó el rostro. ¿Es la misma mujer que se embarcó allá en La Rinconada? ¡Vaya! si no la hubiese tenido todo el tiempo frente a mi ni la reconocería. Sus tres compañeros de viaje intercambiamos miradas de incredulidad ante esa transformación. Después yo me reprochaba el hecho de que nunca me he podido maquillar así como no sea en la privacidad de mi cuarto.

Salimos de aquel vagón a paso rápido. Cuando llegué al bus que me llevaría a Ocumare ya ni me acordaba de aquellos rostros del tren. Comenzamos a embarcar. Otra vez la misma escena. El trayecto se hace largo por la cantidad de paradas (he contado hasta 10), así que es fácil el contacto de miradas, las risitas apagadas, la complicidad…¿Cómo no hablar?. Aquella señora me vio el carnét de la universidad en el pecho…La pregunta fue directa…

¿Y ese carné?

– De mi trabajo, dije

¿Y usted en qué trabaja?

– En la Universidad…

Ella se acercó para ver mejor el carné…

– Ahhh en la Universidad Bolivariana…¡Caramba! Y se puede saber….

– Soy profesora – la atajé- Sí. profesora…

¿Y de qué es profesora…qué enseña?

La pregunta me paralizó. Pensé unos segundos antes de responder pues hasta ese momento ni yo misma me lo había preguntado…Hubiese querido decir: “Matemáticas” pero dije la verdad.

– De periodismo, le respondí

Ella me miró como si yo le hubiese respondido en otro idioma y después de una risita volvió a la carga.

¿De periodismo? ¿Y eso se enseña?

Esa pregunta me perturbó aún más y entonces me di cuenta de que aún faltaba mucho para llegar y eso me obligaba a darle más explicaciones a aquella señora cuyas preguntas me enfrentaban a una realidad que jamás había puesto a prueba…Ella tenía una edad indescifrable, como esas mujeres que han vivido mucho ya y que están como de regreso y eso le daba un aire de honorabilidad que la humildad no podía vencer…Miré hacia adelante casi con esperanza. Mis ojos chocaron con el reloj digital del autobus y entonces supe que aún faltaban casi 40 minutos para salir de allí!!!…

– Este…sí. El periodismo se enseña, le dije casi sin convicción.

¿Pero qué se puede enseñar de periodismo?, insistió ella y en ese momento juro que la odié…

A todas éstas, un señor que viajaba a mi lado empezó a interesarse en la conversación y entonces me miró como esperando mi respuesta y se me antojó que en sus ojos había algo parecido a un reto…Mentalmente comencé a hilvanar un discurso que incluso pudiese convencerme a mí misma…

– Bueno -empecé a decir- enseñamos a redactar; a ver el mundo para los demás. Enseñamos fotografía, radio…

Mis respuestas no animaban mucho a mis dos interlocutores así que decidí ponerle más emoción…

– Los periodistas – continué- llegan adonde pocos pueden llegar y ven lo que pocos pueden ver y echan el cuento de eso que pocos ven…

Empecé a sudar y me quité el suéter…Entonces ocurrió algo providencial. Llegamos a la parada de la señora y ella se tuvo que ir y se despidió con un cariñoso “Hasta luego mi profe”. Yo le respondí casi con agradecimiento.

Pero todavía quedaba el otro señor y faltaban aún como tres paradas más antes de llegar a Ocumare. El hombre me seguía mirando y entonces repitió una de las últimas de mis respuestas…

¿Entonces los periodistas llegan adonde pocos pueden llegar?…¿Será que yo le puedo mandar a Maduro una carta con usted?

¿Conmigo? Noooo, si yo nunca veo a Maduro…

¿Y no acaba de decir que los periodistas llegan adonde los demás no llegamos? ¿Usted es periodista?

En ese momento sonó el celular de él y yo aproveché para levantarme del asiento pues ya casi llegábamos a la Plaza del Estudiante.

Mientras bajábamos del autobús aquel hombre intentaba mantener la conversación que yo decidí ignorar. Salí primero y apuré el paso. Lo perdí de vista rápidamente. Nunca se me habían hecho tan largas esas cuadras para llegar a la aldea.

Desde ese día ando meditando, reflexionando sobre si realmente el periodismo “se enseña”; ¿Cómo diablos lo abordé yo? ¿Quién me lo enseñó a mi?. Nada de lo que me ha tocado “dar” en la UBV se parece a lo que me “enseñaron” a mi en la unversidad…Ni siquiera jamás tuve en mis planes ser profesora de nada y menos de periodismo. Ser periodista para mi ha sido una cadena de acontecimientos que aún no terminan en mi vida. De cosas que me marcaron profundamente; de gente; de sucesos.

Creo que la señora del autobús tiene razòn. El periodismo no se enseña. El periodismo se vive, se sufre, se siente y se padece; se aprende en la calle, con los errores y aciertos; se aprende con la gente, con su tragedia y hasta con su muerte y eso no lo encuentras en ningún libro ni en ninguna teoría. Mientras no pierdas tu capacidad de asombro serás periodista. El día que nada te sorprenda, preocúpate…

Y ahora que lo pienso ¿por qué no respondí así?

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