Días de cine: “El Viaje del Acordeón”


Ya en la última etapa de este largo asueto (hicimos de todo un poco), el cine nos ocupó buena parte del tiempo.

El I Festival Internacional de Cine de Caracas, fue lo mejor de septiembre aunque demasiado corto. Hubiese querido ver las 81 películas (sin contar los cortos) provenientes de países como Argentina, Brasil, Chile,  Bolivia, Cuba, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Colombia, México, Nicaragua, Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay, pero, imposible. Ahora espero conseguirlas por Internet. El 5 de octubre se inicia en Margarita el Festival de Cine Latinoamericano y Caribeño (¡no podré ir!) y eso compensa que las regiones también puedan disfrutar de la magia del cine.

Me encantó el ambiente que generó el festival en Caracas y esa idea del “cine bajo las estrellas” y en los cineclubes populares, fue de las mejores iniciativas. Parecía una fiesta aunque ya habían comenzado actividades escolares y universitarias, siempre anda por ahí más de un perezoso (a) que se resiste a la rutina. El 16 de septiembre es una fecha que particularmente recuerdo no sólo porque es mi cumpleaños (y el grito de Dolores) sino porque ¡justo comienzan clases! Y el estival arrancó el 12 de septiembre y terminó el 21… ¿De lo bueno poco?

Lo otro positivo de este festival fue el rescate de antiguas salas de cine de la ciudad y además todas ubicadas en la zona del centro y oeste lo cual terminó por desmitificar eso de que para ver buen cine hay que ir a las salas del “este del este”. Definitivamente se han humanizado esos espacios. Caminar por el centro de Caracas ya no es “chimbo” sino que “es la nota”, saborear una torta de chocolate en cualquier Café Venezuela (los hay por todas partes) y encontrarte con los amigos que hacía tiempo no veías, sin importar la ideología, eso no tiene precio porque hemos terminado unidos por el cine. ¡Que se repita! Y si en una sala Cinex o Circuito Radonsky ver una película te sale en Bs 200 (entrada más cotufas), en el Festival con Bs. 90 tienes lo mismo y hasta más…

Ahhh y me sentí muy importante votando por las películas al final de la exhibición, pues la opinión del público contó también para elegir su ganadora. En fin, diversión en grande. Y todo eso, en revolución, duélale a quien le duela…

El viaje del acordeón

El festival exhibió básicamente el cine independiente, libertario e insurgente. Películas de bajo presupuesto pero de gran calidad. Es ese cine que se rebela, ese que denuncia, ese que usa su lenguaje para transmitir lo que sienten y han sufrido sus autores y las realidades que recrean. Es como el título del libro de Aram Aharonian que hoy, con su permiso me lo apropio (valiéndome de nuestra amistad): “vernos con nuestros propios ojos”.

“El Viaje del Acordeón” me conmovió. Es la historia de un pueblo y su música pero a partir de alguien que no ha podido ganar premios por su arte. Los cineastas prefirieron recrear la vida de unos “perdedores” y sólo con eso los hicieron ganadores.

¿Qué tienen en común Alemania y Colombia? ¿Pueden dos culturas tan diferentes encontrar puntos de coincidencia? La respuesta la encontramos en este hermoso largometraje documental, dirigido por Rey Sagbini y Andrew Tucker (Gran Bretaña). Sagbini, oriundo de Valledupar, Colombia, pero quien estudió y vivió por más de una década en Alemania, decidió realizar la cinta en honor al acordeón, ese instrumento que acompaña al popular vallenato y que ahora para nosotros adquiere otras representaciones de la mano de Rey.

En realidad son dos viajes: el viaje del instrumento desde Alemania hacia Argentina y que, por accidente, ancló en Colombia y el de Manuel Vega, acordeonista de Cartagena y sus dos amigos, Jairo (quien toca un instrumento llamado “Guacharaca”) y Dionisio (tambor), hacia Alemania. “Los Tres” conforman el grupo que tiene 15 años o más compitiendo en el Festival de Vallenatos de Cartagena y siendo tan buenos…¡nunca han ganado!, pero en cambio  son invitados a Alemania, a la fábrica de acordeones Hohner, en la ciudad de Tronssingen, para participar como solistas en un concierto sinfónico de la Orquesta de Acordeones.

Entonces, les acompañamos en ese viaje fantástico a Alemania, viviendo sus dudas, sus miedos, riendo con ellos, compartiendo su humildad, además todo el tiempo con esa música que te mueve a bailar en el asiento.

Tres colombianos que jamás habían salido de Valledupar, que nunca habían visto ni tocado la nieve, que no hablaban otro idioma que el de su música, pero que fueron recibidos como héroes en esas tierras y les dieron el reconocimiento que en su Colombia no han obtenido.

Muy emocionante ver a estos señores de mediana edad, vestidos a la usanza colombiana, con su sombrero “Vueltiao”, despertando a ese público ortodoxo y europeo que les aplaudió a rabiar (también nosotros en la sala de cine) y que quiso seguir (sin lograrlo, es cierto) ese ritmo rápido y pegajoso del vallenato.

La reflexión final es que habiendo hecho ese viaje maravilloso, la esperanza sigue viva en Manuel Vega. Volvieron a participar en el festival y…encendieron las luces…¡Viva Colombia!

(Continuará…)

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